HAY MUCHAS FORMAS DE ABANDONAR A TU FAMILIA, AUN ESTANDO PRESENTE

En el trabajo lo aguantamos todo: las injusticias de nuestros jefes, los malos momentos de nuestros compañeros, los gritos de los clientes, las exigencias de los proveedores; y cuando salimos de ahí, y nos cruzamos con nuestros amigos, tenemos tiempo y ganas de escuchar sus problemas, y de hecho, nos convertimos en filósofos, sicólogos y hasta genios dando consejos y solucionando lo que sucede en la vida de otros.

Luego llegamos a casa, y pasamos de ser expertos, a ser unos perfectos estúpidos.  No aguantamos ni un reproche de nuestra esposa, ni una descortesía de nuestro esposo, no nos interesa saber qué pasa con ellos o con nuestros hijos.  Si se me pide algo, grito y exijo que se me respete, pues estoy muy cansado.  Pero si me llama mi jefe, o mi amigo, o mi compañera, incluso a las 3 de la mañana, porque se me necesita para cualquier tontería, respondemos con alegría, somos eficientes y nos sentimos orgullosos de ser necesarios.  
Pero seguimos siendo negligentes con los que verdaderamente nos necesitan.  

Nuestras esposas y esposos, y nuestros hijos se van quedando solos, porque nosotros estamos muy cansados, y aunque no fuese así, ellos seguirán ocupando los últimos lugares en la lista de quienes tenemos que atender, ellos siempre pueden esperar:  Ah, claro, se me olvidaba, es que existe una justificación: “Todo lo que yo hago, y todo lo que me mato trabajando es para que mi familia esté bien, y para que no les falte nada”, y es válido, mientras comprendamos que también debemos matarnos por brindar el afecto y el apoyo que nuestra familia necesita; de lo contrario, no estamos haciendo nada, y nadie tiene nada que agradecernos.  Lo único que queda es el cansancio: El tuyo y el de los demás.  
Cómo se puede uno cansar de recibir o dar afecto?

Luego descubres que tu familia “vive bien”; pero no tiene nada… Solo hastío y soledad.  Luego descubres que has sido un gran profesional y una estupenda trabajadora; pero igual no tienes nada.  Olvidaste trabajar en lo más importante.  Olvidaste quién era tu verdadero jefe, a quien le debías todo.

Pero no, no tenemos tiempo ni ganas de escuchar a aquellos seres con quienes hemos elegido compartir nuestras vidas.  No, para ellos no hay tiempo.

Y nos sentamos frente al televisor y malgastamos toda nuestra pasión, nuestro ánimo y nuestro tiempo.  Brindamos nuestro amor y nuestro apoyo al equipo de futbol, al personaje de la novela, al gobierno, al cantante; envidiamos sus vidas; sabemos todo sobre ellos, los acompañamos en sus eventos, leemos y nos emocionamos con sus cosas, y sufrimos como propias sus problemáticas, quisiéramos ofrecerles nuestra amistad incondicional, aún sin conocerlos realmente; pero no tenemos ni idea, ni pareciera interesarnos, la vida de nuestra esposa, los sentimientos de nuestro esposo; de nuestros hijos.  No tenemos tiempo para ayudarles con sus tareas, para leerles un cuento.  No sabemos qué les gusta o qué les está pasando, y si tienen algún problema, nos desencartamos culpando a nuestra pareja; o en el peor de los casos, giramos un cheque para el sicólogo.  
Pero pocas veces nos damos cuenta, que quien necesita al sicólogo es otro.  

Todo lo que sucede con ellos solo nos causa cansancio emocional, malestar o malgenio.  Sí, porque están ahí y nos aman, y los amamos, aunque de una manera extraña, y entonces los damos por seguros.
Es por eso que todo lo que tenemos para ellos son críticas y reproches, hasta por las situaciones y las cosas más insignificantes.  

Y somos conscientes de lo que está sucediendo; y aún así no hacemos nada para remediarlo.  Luego, nuestros hijos se convierten en adultos, y es cuando cobran real importancia para nosotros, cuando se vuelven el centro de nuestras vidas.  Por supuesto, ahora estamos viejos y ya han disminuido los afanes de la vida, ahora ellos son los primeros en la fila; pero nosotros nos hemos ido quedando al final, y gritamos y exigimos que se nos tenga en cuenta, pero ya hemos malgastado nuestra oportunidad.  Entonces nos escudamos en nuestra tristeza y los culpamos a ellos de nuestra soledad; decimos que son unos ingratos: “Mira todo lo que hice por ellos, gasté mi vida y mi juventud por ellos, me quité el pan de la boca para dárselo a ellos, y ahora me han dejado solo”.  Mentiras, NO hiciste nada por ellos.  Igual los hubieran alimentado y cuidado en una fundación o en un orfanato; pero aquello que solo tú les podías haber dado, se los negaste.  Tú los hiciste huérfanos, porque no te importabas si no tú.  No exijas ahora nada, que no hayas dado por igual.  

Y somos conscientes de lo que está sucediendo; y aún así no hacemos nada para remediarlo.  Luego, cuando nuestra esposa llega al hastío, cuando nuestro esposo está desolado y con justicia nos abandona, entonces y solo entonces, reconocemos su importancia y la falta que nos hace.  Cuando estamos solos nos sentimos defraudados y engañados; nos sentimos injustamente humillados, y cuesta trabajo reconocer que hemos sido nosotros quienes hemos engañado a nuestras parejas, sin necesidad de haber estado en la cama de otro, de habernos enamorado de otra; igual los engañamos porque sí había otro en nuestras vidas; otro al que le rendíamos respeto y pleitesía: Porque estábamos enamorados de nuestro ego, y al final, siempre al final, el también nos abandonó.  Así que lloramos en el hombro de los demás, por esa ingrata, por ese malagradecido…  El llanto debería ser por nosotros.  No exijas ahora nada, que no hayas dado por igual.  

Y es que no nos deben nada.
Nosotros les debemos.  
Les debemos un respeto que nunca quisimos darles, les debemos tiempo, les debemos amistad y compañía.  Les debemos INTERES en lo que son.  No se trata solo de decir “Te Amo”, se trata de vivir ese Amor.
Empieza hoy… Cada minuto de soledad es una eternidad.

Hay muchas formas de abandonar a la familia, aún estando presente.

Una reflexión:

ORACION DE UN NIÑO
Señor, esta noche te pido algo especial:
Conviérteme en televisor.
Quisiera ocupar su lugar para poder vivir lo que vive el televisor en mi casa, Tener un cuarto especial para mí.
Congregar a todos los miembros de mi familia a mí alrededor.
Ser el centro de atención al que todos quieren escuchar, sin ser interrumpido ni cuestionado.
Que me tomen en serio cuando hablo, sentir el cuidado especial e inmediato que recibe el televisor cuando algo no le funciona.
Tener la compañía de mi papa cuando llega a casa aunque venga cansado del trabajo.
Que mi mama me busque cuando este sola y aburrida en vez de ignorarme.
Que mis hermanos se peleen por estar conmigo.
Divertirlos a todos aunque a veces no les diga nada.
Vivir la sensación de que lo dejen todo por pasar unos momentos a mi lado.
Señor, no te pido mucho solamente
Quiero ser un televisor.
Sacado del libro «Pensamiento y Palabra» del profesor Wilfredo González.

Medítalo y Actúa
EL EXORCISTA


Contáctanos:
tuliozuloaga@gmail.com

SUSCRIBETE

Suscribirte a EL EXORCISTA
Correo electrónico:

VISITANTES

Free Web Counter